Artículo: Le Monde du Silence: Jacques Cousteau, el Mar de Cortés y el universo estético del explorador más elegante de la historia

Le Monde du Silence: Jacques Cousteau, el Mar de Cortés y el universo estético del explorador más elegante de la historia

Existe una sola prenda en la historia de la exploración humana que logró convertirse en símbolo de toda una disciplina científica y al mismo tiempo en objeto de culto estético: una boina de lana, de color rojo, usada por un marino francés de Toulon sobre la cubierta de un buque reconvertido en laboratorio flotante. Pocas personas en el mundo del siglo XX proyectaron tanta influencia cultural con tan poco equipaje visual como Jacques-Yves Cousteau.
Pero la boina tiene una historia que la mayoría ignora, y vale la pena conocerla antes de hablar del resto.
El bonnet rouge y los prisioneros de Toulon
En el siglo XVIII, la Marina francesa en el puerto de Toulon utilizaba prisioneros para las tareas más peligrosas de los astilleros: entre ellas, descender al fondo del puerto a inspeccionar los cascos de los buques con los primitivos escafandros de cobre de la época. Morriones rígidos, trajes de cuero impermeabilizados con grasa animal, mangueras de aire operadas desde la superficie por turnos de trabajadores. Los hombres que realizaban estas inmersiones llevaban bonnet rouge —boinas rojas— para ser distinguidos del resto de los trabajadores portuarios en caso de emergencia, o de accidente.
Cuando Cousteau adoptó la boina roja como parte de su uniforme personal en los años cuarenta y cincuenta, no estaba inventando un look. Estaba haciendo una reverencia a esa historia; reconociendo la deuda que la exploración submarina moderna tiene con los hombres anónimos que abrieron el camino sin saberlo y sin ningún reconocimiento. Que se tratara de una prenda de lana sobre la cubierta de un barco en el trópico —impráctica, anacrónica, ligeramente absurda— era exactamente el punto.
Cousteau era, ante todo, un hombre con criterio estético.
La invención de la visión submarina
Antes de 1943, el fondo del océano era territorio de la imaginaciónAntes del 19 de junio de 1943, el fondo del océano era, para la humanidad, territorio puro de la imaginación. Existía el casco de buceo, pesado y encadenado a la superficie. Existía la apnea de los pescadores de perlas del Golfo Pérsico. Y existía Julio Verne.
Ese día, en la bahía de Bandol, en el sur de Francia —mientras la Segunda Guerra Mundial devastaba Europa— Jacques Cousteau y el ingeniero Émile Gagnan probaron por primera vez el Aqualung: un regulador de demanda de aire comprimido que permitía al buzo respirar de manera autónoma bajo el agua, moverse con libertad absoluta, y explorar. Cousteau realizó tres inmersiones ese día. Según su propio relato, en la tercera descendió a 18 metros, dio un giro lento, y supo que el mundo había cambiado de manera irreversible. «Nos convertimos en seres flotantes sin peso, en peces sin escamas, sin aletas, sin historia», escribiría después en Le Monde du Silence, el libro que en 1953 precedió a la película del mismo nombre y que se vendería en doce países antes de que nadie hubiera visto una sola imagen del fondo del mar en color.
Trece años más tarde, en 1956, Le Monde du Silence —codirigido con Louis Malle— se convirtió en el primer documental en ganar la Palme d'Or en Cannes. El mismo año ganó el Oscar al Mejor Documental. El mundo vio por primera vez el fondo del Mediterráneo en color, con música de orquesta, narrado con la voz seca y precisa de un explorador que no necesitaba hipérboles porque la realidad ya era suficientemente extraordinaria.
El acuario del mundo
La Calypso, el buque insignia de las expediciones Cousteau, visitó el Mar de Cortés en múltiples ocasiones. Steinbeck ya había navegado estas mismas aguas en 1940.La frase «el acuario del mundo» la acuñó John Steinbeck en 1940, navegando el Mar de Cortés a bordo del pesquero Western Flyer junto al biólogo marino Ed Ricketts. Cousteau la leyó, la citó, y eventualmente la convirtió en suya al dedicarle años de expediciones al mismo cuerpo de agua.
La Calypso —una fragata minadora británica de la Segunda Guerra Mundial donada al explorador por el millonario irlandés Loël Guinness en 1950 por el precio simbólico de un franco al año— visitó el Mar de Cortés en múltiples ocasiones durante los años sesenta y setenta. El canal de agua entre la Península de Baja California y el continente mexicano actúa como una trampa biológica perfecta: nutrientes del Pacífico empujados hacia adentro por corrientes de surgencia, aguas cálidas del trópico mezclándose con aguas frías del norte, fondos de hasta 3,400 metros a poca distancia de arrecifes poco profundos. El resultado: más de 900 especies de peces, 32 especies de mamíferos marinos, ballenas azules, tiburones ballena, rayas mobula, manta rayas, leones marinos. Una concentración de vida que no tiene paralelo en ningún otro mar semicerrado del planeta.
En 1987 —a los 77 años— Cousteau regresó al Cortés a bordo del Alcyone, un buque experimental propulsado por sus propias «Turbovelas». El objetivo de esa expedición no era solo maravillarse. Era documentar una crisis que ya era evidente: la sobrepesca industrial en el Cortés amenazaba con vaciar el acuario. El documental resultante fue, según sus propias palabras, «el más difícil que he hecho porque es el más triste».
Walter Scharf, Claude Debussy y el sonido de lo que no se puede ver

Claude Debussy compuso La Mer en 1905 en un hotel de Londres, lejos del océano, con vistas a un jardín privado. Le escribió a su editor André Messager: «Estoy haciendo lo que me da la gana, que es escuchar el interior del mar que llevo conmigo desde siempre.» Esa idea —que el mar existe primero en la imaginación y luego en el agua— es exactamente la misma que animó toda la obra cinematográfica de Cousteau.
La serie televisiva The Undersea World of Jacques Cousteau, emitida por ABC entre 1968 y 1976, tiene uno de los temas musicales más reconocibles de la historia de la televisión documental. Su autor fue Walter Scharf —compositor nacido en Nueva York en 1910, el mismo año que Cousteau— y el resultado le valió dos premios Emmy. John Denver, en 1975, convirtió el barco en canción: «Calypso» llegó al número uno del Billboard Hot 100, convirtiendo el nombre del buque en parte del vocabulario popular americano.
Escucha mientras lees
La banda sonora de este artículo
Le Monde du Silence
Una playlist curada para leer con el Mar de fondo
02 — Space Oddity (em português) · Seu Jorge
03 — Life on Mars? (em português) · Seu Jorge
04 — Five Years (em português) · Seu Jorge
05 — Rock 'n' Roll Suicide (em português) · Seu Jorge
06 — Rebel Rebel (em português) · Seu Jorge
07 — Gymnopédie No. 1 · Erik Satie
08 — La Mer · Claude Debussy
09 — Ping Island / Lightning Strike Rescue Op · Mark Mothersbaugh
10 — 30 Century Man · Scott Walker
11 — The Way I Feel Inside · The Zombies
12 — Ne Me Quitte Pas · Jacques Brel
13 — Here's to You · Ennio Morricone & Joan Baez
14 — La Niña de Puerta Oscura · Paco de Lucía
Steve Zissou y la estética de la obsesión

Wes Anderson nunca declaró públicamente que The Life Aquatic with Steve Zissou (2004) es una película sobre Jacques Cousteau. No necesitaba hacerlo. El Belafonte es la Calypso. El uniforme azul marino con boina roja que viste toda la tripulación es el uniforme de la Cousteau Society. El submarino amarillo es una réplica casi exacta de la SP-350 Soucoupe plongeante. Y la tragedia central de la película —la muerte del hijo del explorador— replica la muerte de Philippe Cousteau el 28 de junio de 1979, cuando su hidroavión se estrelló en el río Tajo.
Seu Jorge era en 2004 un músico brasileño de 32 años. Anderson lo contrató para que apareciera en el film como Pelé dos Santos, un marinero que tocaba versiones acústicas de David Bowie en portugués, solo, en los pasillos del Belafonte. El resultado —«Space Oddity», «Life on Mars?», «Five Years», todas desprovistas de su producción original y reducidas a voz y guitarra en un idioma que muy poca parte de la audiencia angloparlante entendería— es una de las decisiones artísticas más insólitas y perfectas del cine de los dosmiles.
El uniforme del explorador

La consistencia visual de Cousteau era total y deliberada. Jersey azul marino, la boina roja, pantalones de trabajo, zapatillas de lona blanca sobre cubierta. No cambiaba de ropa según el país, la temperatura o el contexto social. Era la misma lógica de los monjes que usan hábito: no para distinguirse, sino para no tener que pensar en esas cosas mientras trabajaba.
La marca australiana Rhythm entiende esa relación entre el agua, la lana y la identidad mejor que casi nadie. Sus beanies no son de color rojo —no tienen por qué serlo— pero cargan la misma carga conceptual: algo diseñado para estar sobre la cubierta de un barco, o sobre la cabeza de alguien que acaba de salir del agua.
La otra pieza del uniforme de Cousteau que pasa desapercibida en las fotografías de archivo es la camisa. En decenas de imágenes del explorador a bordo de la Calypso aparece la misma camisa de trabajo en chambray o denim lavado: sin pretensiones, funcional, capaz de aguantar agua de mar y viento sin perder su forma ni su color.
El artefacto de culto
Existe una manera de identificar a alguien que entendió The Life Aquatic antes de que el algoritmo le dijera que debía hacerlo: son las personas que compraron el libro de postales de Wes Anderson. No el poster. No la edición especial en Blu-ray. Las postales:
Lo que Cousteau vio que todavía preferimos no ver

Las advertencias de Cousteau de 1987 sobre el Mar de Cortés son hoy más urgentes que entonces.
En 1971, Cousteau presentó ante el Comité de Medio Ambiente de las Naciones Unidas una cifra que nadie quiso escuchar: el Mediterráneo había perdido el 40% de su vida marina en los veinte años anteriores. «Estamos haciendo con el mar lo que no le haríamos a un jardín que amamos», dijo. La sala aplaudió y no pasó nada.
Lo que tampoco habría imaginado es que el Mar de Cortés, a pesar de todo, sigue siendo el Mar de Cortés. El tiburón ballena sigue llegando a La Paz cada junio. Las rayas mobula siguen llenando el Canal de Cerralvo con sus vuelos imposibles. El acuario del mundo sigue abierto. Por ahora.
Cousteau en La Paz: dos homenajes permanentes
Escultura de Jacques-Yves Cousteau, obra de Salvador Rocha (2012). Malecón de La Paz, Paseo Álvaro Obregón. Foto: Turismo La Paz / Ayuntamiento de La Paz, BCS.En el Paseo Álvaro Obregón de La Paz, frente al cruce con la calle República, una figura de bronce de 1.70 metros y 400 kilogramos mira hacia el norte de la bahía desde la proa de una lancha varada. Es Cousteau: sentado, con el brazo sobre la frente protegiéndose del resplandor del agua, vestido con su traje de buceo y la boina, acompañado del Aqualung que inventó y de la cámara submarina que permitió al mundo ver por primera vez el fondo del mar en color.
La escultura es obra del escultor Salvador Rocha, fundida por R. Fierro en Guadalajara, Jalisco, e inaugurada el 15 de mayo de 2012 durante la Semana de Francia en La Paz. Fue encargada por el Fideicomiso municipal (FOIS) como parte de un proyecto de esculturas para el malecón costero paceño. Originalmente la lancha exhibía los colores de la bandera francesa: rojo en las aletas, blanco en el casco, azul en el exterior. El sol los fue borrando con el tiempo.
La placa de inauguración dice: «El Mar de Cortés. 'El acuario del mundo'. Jacques-Yves Cousteau. 1910-1997. Fue inventor de numerosos ingenios de exploración submarina. Cousteau, a bordo de su famosa nave Calypso, fue capaz de llevar a los hogares los misterios y las maravillas del mundo submarino, y fue uno de los pioneros en la defensa de las causas ecologistas. Cousteau contribuyó en gran medida a que los buzos de hoy puedan moverse casi con la ligereza de los peces en el agua, y no como caballeros con armaduras medievales.»
El segundo homenaje es más grande — literalmente. El 17 de noviembre de 2009, un decreto del INEGI publicado en el Diario Oficial de la Federación actualizó oficialmente el nombre de Isla Cerralvo a Isla Jacques Cousteau: la misma isla que se levanta frente a La Ventana, en el Canal de Cerralvo, declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2005 como parte del Área de Protección de Flora y Fauna de las Islas del Golfo de California. El decreto generó controversia: el historiador Miguel León-Portilla lo calificó de «auténtica aberración» — no por restar méritos a Cousteau, sino porque eliminaba sin consulta un nombre que databa del siglo XVII. La discusión reveló algo que Cousteau quizás habría apreciado: que los lugares que amamos se vuelven imposibles de nombrar sin pelea.
La escultura del malecón está a cinco minutos a pie de donde salen los tours de tiburón ballena. Si vas a La Paz este verano, es una parada obligatoria.
El último viaje
Jacques-Yves Cousteau murió el 25 de junio de 1997, en París, a los 87 años. Su última expedición documentada había sido en el Mar de Cortés. Su último proyecto activo era un documental sobre el agua del planeta que nunca terminó de filmar.
Dejó 120 documentales, dos Oscars, la Legión de Honor, la Gran Cruz del Mérito Nacional, el título de Comandante de la Armada francesa, y la Calypso parcialmente hundida en el puerto de Singapur —donde permanecería durante décadas, esperando una restauración que nunca llegó a tiempo— y una boina roja que nadie en la historia de la exploración oceánica ha podido ponerse sin que se notara de inmediato que no era la suya.
Dejó también el Mar de Cortés, que él llamó el mejor argumento que tiene el planeta para seguir existiendo.
Hoy es su cumpleaños número 116.

